Por Cristian Prinea M. Director Ejecutivo de Fundación Todo Mejora.
El 22 de abril de 1973, en plena Plaza de Armas de Santiago, un grupo de personas decidió hacer algo que, en ese momento, parecía imposible: salir a la calle a exigir respeto. Personas que lo hicieron con determinación, pero también con el peso de una historia de violencia cotidiana que incluía detenciones, golpes y humillaciones por el solo hecho de existir. Esa manifestación fue la primera protesta de las diversidades sexo genéricas en Chile. Una que no tuvo celebración, pero sí mucha esperanza y valentía. Cualidades que las personas LGBTIQA+ sostenemos hasta el día de hoy.
Como señalan investigaciones sobre el tema, ese evento no solo marcó el inicio de demandas, sino también evidenció una continuidad histórica de exclusión que, con distintas formas y en distintas proporciones aún persiste. Por eso hablar de memoria es tan importante: no es un ejercicio nostálgico, sino que una necesidad. Cuando una sociedad olvida, también relativiza. Y cuando relativiza, empieza a retroceder sin darse cuenta.
La memoria deja de ser pasado y se vuelve una herramienta
Es cierto, hoy existen marchas multitudinarias, leyes y mayor visibilidad y aceptación. Pero también es cierto que en Chile y en el mundo todo esto está en una dimensión frágil: han vuelto a aparecer las caricaturas de lo que es ser LGBTIQA+, observamos espacios que invisibilizan, vemos discursos de odio a través de distintos medios y oímos narrativas que deslegitiman identidades y derechos -hay países que derechamente retrocedieron en esto-. Por el momento, en nuestro país, no hay un retroceso explícito, pero sí un desgaste constante, silencioso, que difumina lo avanzado. Y que afecta la salud mental.
Por eso recordar esa marcha de 1973 no es solo reconocer a quienes se atrevieron. Es entender el costo de cada derecho, de cada palabra, de cada espacio ganado. Es dimensionar que lo que hoy algunos consideran “exagerado” o “no relevante”, en realidad son respuestas a décadas de violencia estructural y a la fragilidad de que desaparezcan. Algo que impacta directamente en las nuevas generaciones.
La memoria para el futuro
Cuando una niñez o adolescencia LGBTIQA+ crece en un entorno que desconoce o minimiza la historia, pierde referencias fundamentales. Si es que no se enseña, habrá personas que pierdan la posibilidad de entender que no están solas, que pertenecen a una comunidad con trayectoria, con luchas, con logros. Pierden, en definitiva, el orgullo.
Y al contrario, cuando esa historia se visibiliza, se enseña y se integra, ocurre algo grande: se construye identidad desde la dignidad, no desde la resistencia. Se forma una juventud que no solo sobrevive, sino que se reconoce como parte de algo más grande, más profundo, más valioso y que aporta a su autoestima. Pero esto no es solo para quienes son de la comunidad LGBTIQA+. Que todas las personas aprendan de esta memoria, logra una ciudadanía más empática, más respetuosa de la diversidad que la compone y que avanza gracias a su historia.
La memoria, entonces, es un recordatorio activo que nos enseña que hubo un tiempo -no tan lejano-, en que salir a la calle siendo quien eras podía costarte la libertad, la integridad o la vida. Y que aún así, hubo personas que lo hicieron igual. Y gracias a eso, hoy existe un espacio -aún imperfecto- donde es posible hablar, existir y exigir. Un lugar que podemos valorar significativamente, porque no es igual que antes.
¿La memoria está en juego hoy?
La invitación es a no perder el origen de esta historia, porque sino perdemos el criterio para identificar cuándo un gesto, un comentario o una política no es inocente, sino parte de un patrón que ya conocemos. Un patrón que existía en 1973, que empieza con palabras, sigue con la exclusión y termina, muchas veces, en violencia concreta. La memoria, entonces, no es un ejercicio del pasado. Es una herramienta de protección para el futuro.
Por eso, en ese futuro, hay algo que no debería estar en discusión: cada niñez, adolescencia y juventud LGBTIQA+ debe crecer sabiendo que su identidad no es motivo de vergüenza, sino parte de una memoria compuesta por lucha, resiliencia y dignidad. Esa es la verdadera herencia de la marcha de 1973: su importancia como punto de partida para que todo mejore.