Por Francisca Baeza R. Directora de Innovación Social de Fundación Todo Mejora.
Cada año, el 8 de marzo invita a reflexionar sobre los múltiples roles que históricamente han asumido las mujeres en nuestra sociedad. En los últimos años, hemos visto algunos sectores y autoridades buscando fomentar políticas de cuidado, buscando reparar lo que esto ha significado para miles de mujeres de nuestro país. Pero hasta ahora, una de las labores de cuidado atribuidas a las mujeres más invisibilizados es la de acompañar y educar emocionalmente y sexualmente a sus hijos, hijas e hijes.
En el caso de las niñeces y juventudes LGBTIQA+, esa labor suele ser aún más desafiante, porque muchas veces ocurre en contextos de desinformación, prejuicio o soledad. Como bien señalan diversas investigaciones: la diversidad sexual puede ser percibida como “un problema para la familia”, ya que se teme que afecte su reputación o posición social (Ramm et al., 2024), esto muchas veces termina poniendo en pugna a la madre, quién busca proteger a la vez de mantener la unión de los diversos miembros de una familia extensa o nuclear.
La experiencia del programa Familia a Colores de Fundación Todo Mejora permite observar de cerca esta realidad. Durante 2025, la mayoría de las personas que solicitaron consejerías para acompañar a niñeces y adolescentes LGBTIQA+ fueron madres: cerca de 3 de cada 5 consultas provinieron de ellas. Son mayoritariamente mujeres que, ante dudas sobre identidad de género, orientación sexual o procesos de salida del clóset de sus hijas e hijos —muchas veces entre los 10 y 19 años— buscan orientación, herramientas y redes de apoyo para poder acompañar mejor.
Estos datos revelan algo importante: muchas madres están dispuestas a aprender. Llegan con preguntas, con temores, sentimientos de culpa y, muchas veces, con poca información y sin redes de apoyo en estas materias. Pero también con una motivación profunda por comprender lo que están viviendo sus niñeces. En las consejerías aparece con frecuencia el mismo proceso: la incertidumbre inicial se transforma en alivio, comprensión y nuevas herramientas para ejercer una crianza más respetuosa.
Sin embargo, reconocer este esfuerzo no significa romantizarlo, según la “Encuesta Sobre Derechos Sexuales y Reproductivos en Adolescencia Trans” (Todo Mejora, 2020), las cifras muestran una disparidad, con un 38% de jóvenes que recibieron información sobre sexualidad de sus madres y solo un 13% de sus padres. Que sean mayoritariamente las madres quienes buscan apoyo también refleja una desigualdad persistente en las responsabilidades de cuidado. La educación emocional, la crianza respetuosa y la educación sexual siguen recayendo principalmente en ellas, incluso cuando se trata de procesos complejos que requieren acompañamiento social, educativo y sanitario.
Acompañar a una niñez o adolescencia LGBTIQA+ no debería ser una tarea solitaria. Las familias necesitan información clara, escuelas que promuevan el respeto, sistemas de salud que orienten sin prejuicios y políticas públicas que apoyen los procesos de crianza. Cuando estas redes existen, las madres —y todas las personas cuidadoras— pueden ejercer su rol con mayor tranquilidad y seguridad.
En este 8 de marzo, vale la pena reconocer a muchas de esas madres que deciden escuchar, aprender y acompañar. Pero también recordar que el bienestar de las niñeces y juventudes LGBTIQA+ no puede depender solo de ellas. Construir entornos seguros para crecer es una responsabilidad compartida que involucra a toda la sociedad.